viernes, 23 de enero de 2026

La radio que se apaga y la que insiste

Bien y a la Primera

Omar Espinosa

La radio vive una de esas paradojas que sólo entienden quienes la han trabajado desde dentro.

Mientras en algunos países se bajan interruptores con solemnidad técnica y discursos de modernidad, en otros millones de personas siguen encendiendo el mismo aparato de siempre para acompañarse en el trayecto, en el trabajo o en la vida cotidiana.

Y no es nostalgia, es hábito, confianza y utilidad.

Los datos sobre la escucha de radio entre la población hispana en Estados Unidos son contundentes y deberían incomodar a más de un estratega digital, pues cuando un medio alcanza al 93 por ciento de una comunidad diversa, bilingüe y profundamente integrada a la economía, no estamos ante un residuo del pasado, sino frente a un sistema de comunicación vivo, funcional y emocionalmente relevante.

La radio no sólo se escucha: se cree, y esa es una diferencia enorme en tiempos de desconfianza generalizada.

El contraste es evidente. En Francia se ha apagado la última onda media como un acto casi administrativo, mientras se acelera la apuesta por la radio digital terrestre. En España, la radio pública anuncia el mismo camino con argumentos económicos, tecnológicos y de eficiencia.

Todo parece lógico en el papel: altos costos, audiencias decrecientes, consumo eléctrico desmedido, nuevas plataformas disponibles, pero el problema es confundir la lógica financiera con la lógica social.

La onda hertziana no es sólo un canal técnico, era (y en muchos lugares sigue siendo), el último hilo de conexión para comunidades donde la cobertura digital no llega, llega mal o simplemente no es accesible. Apagarla implica asumir que todos los ciudadanos tienen las mismas condiciones tecnológicas, el mismo poder adquisitivo y la misma relación con el entorno digital.

Y eso, siendo generosos, es una ficción, al mismo tiempo que resulta imposible ignorar que la radio se ha transformado.

El automóvil sigue siendo su territorio natural, el audio bajo demanda crece y los Podcast se integran sin conflicto a la experiencia sonora diaria. La radio no compite contra el ecosistema digital, solo se mezcla con él; por eso sorprende que, mientras en Europa se certifica el final de una era, en Estados Unidos la radio en español demuestre una vitalidad comercial y cultural que muchos daban por perdida.

Quizá el error está en plantear la discusión como un dilema binario sobre apagar o no apagar. 

Analógico contra digital. Viejo contra nuevo. La radio nunca ha funcionado así y su fortaleza histórica ha sido la adaptación sin ruptura, la convivencia de tecnologías y lenguajes, la capacidad de hablarle a audiencias distintas al mismo tiempo.

La radio que se apaga deja una lección incómoda donde la modernización no debería medirse sólo en kilowatts ahorrados o frecuencias liberadas, sino en personas que dejan de escuchar. 

La radio que insiste, la que sigue encendida en millones de autos y cocinas, recuerda algo esencial: “mientras exista alguien que confíe su día a una voz, la radio no habrá terminado de decir su última palabra.”

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