viernes, 16 de enero de 2026

Pensar no es tecnología

Bien y a la Primera

Omar Espinosa 

Estamos viviendo una época en la que el acto de pensar se parece cada vez más a deslizar un dedo por una pantalla.

Se ha instalado con una facilidad pasmosa la idea de que opinar es postear y que comunicar es compartir. Esa reducción de lo complejo a lo inmediato ha tenido efectos perversos en la calidad del debate público y es responsabilidad de quienes hacemos periodismo desenmascarar esa ilusión.

Las redes sociales no son ajenas al periodismo; lo atraviesan como un torrente que arrasa cauces y puentes. La velocidad con la que circula la información es absurda y en cuestión de segundos un mensaje puede volverse viral, polarizar audiencias y moldear narrativas colectivas sin que median más filtros que la intensidad de la reacción emocional.

La economía de la atención ha convertido hashtags en eslóganes, vidas públicas en “frases célebres” y el pensamiento crítico en refranes de tres líneas.

Esto pone en crisis todo lo que como comunicadores valoramos y que no es la que contexto, matiz y la “contabilidad” de historias completas detrás de una declaración. Una frase aislada puede convertirse en símbolo y un símbolo en munición política.

Eso no es comunicación, es ruido disfrazado de significado, de forma tal que la opinión informada exige más que un tuit o un breve comentario; exige otra temporalidad, otra profundidad.

La consecuencia más preocupante no es sólo la propagación de ideas simplistas, sino la erosión de la responsabilidad, pues cuando un mensaje se comparte sin contexto, se desdobla en múltiples interpretaciones, haciendo que cada cloaca interpretativa genere su propia verdad alternativa fragmentando (más bien destrozando) la percepción colectiva de la realidad.

Termina importando menos lo que es y mucho más lo que “parece ser”.

Como locutores, periodistas o profesores, tenemos la obligación ética de resistir esta reducción de la comunicación a un juego de impulsos, pues no se trata de acusar a la tecnología de todos los males, sino de reconocer que ésta, solo moldea formas de pensamiento. 

La radio, el podcast, la prensa escrita y otras formas tradicionales no sobrevivirán si renuncian a su capacidad de construir sentido más allá del impacto efímero de una pantalla luminosa.

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